Nos obsesionamos por creer que las coincidencias son algo más, cuando simplemente nos damos cuenta de ellas porque estamos mirando cuando suceden. No pensamos en las veces en las que el azar no ha estado de nuestro lado.
Un día disparé y no dejé ninguna bala suelta, todas fueron a parar a ti. Tu corazón saltó volando por los aires, despidiendo el poco amor que te quedó.
Yo me dejé llevar, fue un simple bang bang. Que trágico final, se han muerto las palabras y ya no te quedan más balas...
El doctor Diamond contó lo que le había pasado a la hija de un amigo suyo. La pequeña había encontrado una rana en el jardín. Como la rana parecía estar muerta, sus padres le dejaron que preparase una sepultura: un agujerito rodeado de piedrecitas. Pero en el momento en que iban a enterrarla, la rana, que sólo estaba sin sentido, movió las ancas y volvió en sí.
Cuando le ve, Holly dice que es igual que los atardeceres en la playa: una vez que se pone el sol, la arena se enfría enseguida. Como esas situaciones que son relevantes y que a los diez minutos dejan de tener importancia.
Es que tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo, ¿sabes? Como si estuviese en la cola lenta del supermercado. Todo el mundo llega, y paga, y se marcha a seguir con sus vidas, pero yo sigo aquí, clavado con mi carrito en la cola que no avanza.
No importa cuánto tiempo pase, estas celebraciones familiares siempre consiguen que me sienta como un niño raro. Por más que me esfuerzo, no conecto con esta gente. Y debería, se supone, porque llevan aquí desde que existo, cada vez más viejos, pero iguales en el fondo.
De vez en cuando la gente, tú, yo, cualquiera, toma una decisión siendo plenamente consciente de que eso le cambiará la vida. Mudarte a la República Checa. Tener un hijo. Hacerte ermitaño. Sabes perfectamente que esa decisión lo pondrá todo patas arriba, pero la tomas de todas formas porque se supone que la vida no es solo tirar para adelante y mirar internet y cenar algo bajo en calorías.
La cuestión es que, psicológicamente, necesitamos negar que la vida es
un cúmulo de casualidades a las que nos adaptamos. Necesitamos creer que
estamos a los mandos de nuestra vida cuando, de hecho, no es así. No es
así en absoluto. La verdad es que no hay nadie a los mandos. Somos
animales racionales chocando unos con otros y convenciéndonos de que
cada choque es decisión nuestra.
—A mí me gusta escoger. Tengo que sentirme interesada.
—No seas pueblerina. Sentir interés está pasado de moda. Si sigues por ese rollo mucho tiempo, cuando te des cuenta, acabarás creyendo en el amor.
—¿Y qué? ¿Qué tiene el amor de malo, Tony?
—El amor es una forma de prejuicio. Amamos lo que necesitamos, amamos lo que nos hace sentirnos bien, amamos lo que es conveniente. ¿Cómo puedes decir que amas a una persona cuando hay diez mil personas en el mundo a las que amarías más si llegases a conocerlas? Pero nunca las conoceremos.